El “Hombre Nuevo” y el “Nuevo Orden Mundial”

Publicado: 10/22/2010 en Nuevo Orden Mundial
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Por Denes Martos
Cualquiera que se haya ocupado tan sólo un poco seriamente de la Historia –aunque más no sea por curiosidad, tanto como para saber qué sucedió en tiempos pasados– sabe que a veces aparecen grandes movimientos, ya sean filosóficos, religiosos, culturales, económicos, políticos, sociales o industriales, que producen grandes tensiones y hasta cambios profundos en las estructuras de la sociedad. La causa exacta y precisa de esta dinámica es algo sobre lo cual todavía discuten, y con toda probabilidad seguirán discutiendo, los grandes académicos y eruditos. Lo concreto, en todo caso, es que estos movimientos siempre aparecen como portadores de algún cuerpo de “ideas” que, tarde o temprano, terminan formulándose en “doctrinas” y simplificándose en lo que conocemos como “ideologías”. Y lo realmente notable es que, al menos en la gran mayoría de los casos, estas ideologías – que siempre tienen un grado más o menos elevado de utopía – presuponen, o proponen, un nuevo tipo de ser humano. Así, en casi todas ellas se habla del “Hombre Nuevo” que, al final del proceso, terminará siendo el producto de un “Nuevo Mundo” o, al menos, de una nueva realidad.
El “Hombre Nuevo” y el “Nuevo Orden Mundial”

El pasado Siglo XX fue escenario de varios de estos tipos de “Hombres Nuevos”, doctrinaria e ideológicamente definidos. Desde los alemanes con su biotipo ideal de raíces étnicas por un lado y nietzscheanas por el otro, pasando por las distintas interpretaciones del originalmente “noble salvaje” rousseauniano casi absolutamente definido por su medio y entorno, hasta el miembro idealizado de esa “vanguardia del proletariado” con la que el comunismo marxista soñó en su momento construir una sociedad más allá del socialismo.
No es pues ninguna excepción histórica, ni novedad, que hoy también tengamos un poderoso movimiento con grandes fuerzas impulsando un “New World Order” – o Nuevo Orden Mundial – pero con una variante muy interesante. Esta vez, el ser humano ideal no está al final del proceso sino al principio; el “Hombre Nuevo” ha precedido al “Mundo Nuevo”. Y esto quizás merece algún análisis, tanto desde el punto de vista de la ideología subyacente como del “modelo” final propuesto o implícito.
La particularidad más saliente de la ideología demoliberal es su carácter difuso, disperso, relativista, negociador y conjetural. No es una ideología concentrada, militante, rígida y exigente como alguna de las arriba mencionadas. Ni siquiera sigue la tradición de grandes sectores liberales de la propia Revolución Francesa como, por ejemplo, la de los jacobinos. El demoliberalismo postmoderno tiende a ser o pretende ser, al menos en teoría, tolerante, diluyente, componedor y relativista. Lo es hasta tal punto que, en sus resultados objetivos, tiende a disolver normas y a “liberar” a las personas de toda clase de sujeciones, sean éstas morales, religiosas o culturales, para lo cual se apoya fuertemente en utopías asambleístas tomadas prestadas del anarquismo y en teorías psicológicas hedonistas que sirven a esos fines. En este entorno, logra el éxito quien consigue liberarse de esas sujeciones tradicionales y queda irremisiblemente marginado quien no lo consigue. Con ello, el demoliberalismo ha conseguido crear un tipo bastante bien reconocible de ser humano: el Hombre que pone las riquezas, los bienes materiales, el placer y el dinero por sobre todos los demás valores. A su vez, los exponentes más caracterizados y eminentes de este “Hombre Nuevo” forman, así, la nueva élite: la plutocracia; el gobierno de los dueños del dinero.
Éste es el “Hombre Nuevo” que ahora intenta imponer un “Nuevo Orden Mundial”, sea que lo llame “Mundo Globalizado”, “Era Postindustrial”, “Postmodernidad” o le ponga cualquier otra denominación más o menos descriptiva. Las ideologías del pasado, que generaron al tipo revolucionario militante, fuertemente emotivo, en gran medida irracional, soberbio, con frecuencia fanático y petulante hasta la crueldad, han cedido su lugar ahora a una ideología que encarna en un ser igualmente petulante, igualmente soberbio, pero carente de emociones y de entusiasmos más allá del afán de placer y de la ostentación generadora de envidias.
El Nuevo Orden Mundial es, así, un mundo para nuevos ricos y para gerentes de nuevos ricos. Un mundo sin firmes criterios éticos, ni estéticos, ni culturales, ni morales como cuadra a auténticos nuevos ricos siempre más preocupados por aparentar que por ser. Ya no se trata de un mesianismo, sea histórico, clasista o filosófico. El mesianismo – aun el más estrambótico – requiere al menos fe en algo. Fe en la misión redentora especial y diferenciada de un pueblo; fe en la capacidad revolucionaria de una clase social; fe en la innata e intrínseca bondad esencial del ser humano. Pero fe en algo. El Nuevo Orden Mundial ha desterrado por completo al mesianismo y, con ello, la idea de la redención, tanto en su dimensión profana como en su dimensión sagrada. No hay más fe; no hay más idearios; no hay límites morales en nada y para nada; ya no existen camaradas; no hay más correligionarios; no hay hermandades; no hay internacionalismo proletario; no hay códigos de conducta. En la periferia de la sociedad sólo queda el resentimiento compartido de los marginados y, de allí al núcleo social central, lo único que queda es un conjunto contingente de relaciones contractuales gobernadas y ordenadas por intereses orientados en última instancia por una muy reducida serie de conceptos prácticamente equivalentes: dinero, mercado, ganancias y placer. Todo lo demás se subordina a ello. Se hace lo que genera ganancias, mientras genere ganancias y porque genera ganancias. Las cosas se hacen con dinero, por dinero, mientras produzcan más dinero y porque producen dinero. Se produce lo que se puede vender, porque se puede vender y mientras se lo pueda vender. Se hace lo que causa placer, mientras cause placer y porque causa placer. Lo demás es superfluo, prescindible, inútil y pérdida de tiempo.
Un mundo así queda gobernado principalmente por intereses contractuales que – en el mejor de los casos – no tienen más límites que ciertas leyes siempre interpretables por la sofistería de los abogados, muchas veces soslayables mediante el expeditivo recurso de la corrupción y, dado el caso, eternamente modificables bajo una presión política adecuada. Un mundo así, no es para nada extraño que encuentre dificultades cuando se trata de establecer algunos parámetros imprescindibles sin los cuales ninguna convivencia es posible. Uno de esos parámetros es, por ejemplo, la confianza.
La Confianza
Sin un marco de confianza entre las personas no hay actividad social humana posible. La confianza en la ley, es un sustituto muy imperfecto de la confianza en la otra persona. La confianza en la validez de un contrato muy difícilmente puede llegar a suplantar la confianza en la honradez, en la responsabilidad y en la integridad de un socio, un cliente o un proveedor. Trasladar la confianza humana, personal, al marco legal es insuficiente por la volatilidad misma de ese marco legal y por su imperfección irremediable. Las leyes cambian. Las leyes y las normas jamás pueden preveer casuísticamente la absoluta totalidad de los casos posibles.
Las disposiciones y las especificaciones de la “letra chica” rara vez resultan totalmente unívocas. Las “zonas grises” son inevitables; la realidad misma se encarga de construirlas. La tantas veces invocada “seguridad jurídica” nunca es total. Hay gradaciones, por supuesto, entre sistemas jurídicos relativamente estables y sistemas completamente caprichosos y contradictorios, producto de presiones políticas contrapuestas y cambiantes. Pero, en última instancia y en el mejor de los casos, la “seguridad jurídica” no deja de ser tan sólo estabilidad jurídica, o previsibilidad jurídica, dentro de límites bastante estrechos.
Por lo tanto, dado que el sistema socioeconómico ya no puede sustentarse en esa confianza humana de persona-a-persona – puesto que la relativización y la devaluación de las normas morales de conducta ha barrido con la base misma de esa confianza – se llega al punto en que se hace necesario crear ciertas confianzas sustitutas. Una de ellas es esa “seguridad jurídica” que acabamos de mencionar y que implica recurrir a la ley y a su poder coercitivo. La otra implica recurrir a la ciencia – específicamente al análisis estadístico – para tratar de medir de alguna manera los grados, mayores o menores, de confianza que pueden detectarse en un ámbito económico determinado, dados los comportamientos y las prácticas habituales de sus operadores.
Curiosamente, el primer enorme problema con el que choca este afán de medir es de orden metodológico. Por de pronto, la confianza no es algo que se pueda medir directamente. No sólo porque es algo inmaterial y tampoco sólo porque es de difícil definición. La inteligencia tampoco es una “cosa” material y existen varias definiciones de ella, lo que no nos impide medirla con tests adecuados de bastante satisfactoria eficacia. El problema con la confianza es que su existencia es muy difícilmente graduable, su percepción es altísimamente subjetiva y, además, en dicha percepción intervienen fuertes motivaciones completamente irracionales.
¿Cuánto sería “poca” confianza? ¿Cuánto sería “mucha”? ¿Por qué Pedro confía en Juan pero Gonzalo no? ¿Qué le hace a Pedro confiar en Juan y qué le hace a Gonzalo desconfiar simultáneamente de él? Son preguntas de, al menos, difícil – si no imposible – respuesta dentro del marco de una necesaria cuantificación científico-estadística rigurosa.
Por consiguiente, el método adoptado por las mediciones consiste en invertir los términos del problema. En lugar de medir la confianza se mide la desconfianza; es decir: el riesgo. En lugar de medir qué grado de confianzaexiste en un ámbito económico determinado, lo que se mide es el grado de riesgo que representa la falta de confianza para la actividad económica.
Conceptualmente esta inversión de los términos no nos debería sorprender. Está perfectamente en línea y es coherente con todo lo que hemos visto antes.
Desaparecidos los anclajes éticos, morales, religiosos y culturales que contribuían antaño a sustentar la confianza personal, el único recurso que queda es medir la ausencia de la misma. Es decir: medir ladesconfianza cuantificando el riesgo que la ausencia de confianza produce.
Las calificadoras de riesgo
Para estas mediciones, existen en el mundo las empresas llamadas “calificadoras de riesgo”. Son empresas que califican a otras empresas, y principalmente a países enteros, otorgándoles un puntaje que refleja – teóricamente – el grado de riesgo que asume quien tiene trato comercial con ellos.
El puntaje final que es, o bien un índice numérico (p.ej. algo así como 585) o una calificación (p.ej. BB+), se otorga por un cálculo de medias ponderadas y calificaciones – objetivas y/o estimativas – de una serie de factores cuantificados y procesados mediante fórmulas estadísticas. Se consideran factores tales como, por ejemplo:
Factores políticos: Régimen político, grupos de presión, crisis de gobierno, burocracia, política exterior, probabilidad de conflictos internacionales, intervención de terceros países, corrupción, estructura racial y religiosa, estructuras sociales, movimientos autonomistas o independistas, pertenencia a organizaciones internacionales, sistema económico, relaciones laborales, estructura demográfica, superficie, orografía, demografía, etc.
Factores económicos: Nacionalizaciones, política económica, dirección económica, actitud respecto de las deudas, recursos, infraestructura, empleo, PNB, inflación, política fiscal, política monetaria, balance por Cta. Corriente, balance de capitales, acceso a fuentes de crédito, niveles de deuda, pertenencia a organizaciones internacionales, producción Industrial, etc.
Factores de Solvencia: Nivel de deuda, Debt Service Ratio, estructura de las deudas, devaluación o depreciación de la divisa, etc.
Factores de Liquidez: Reservas/Importaciones, servicio de la deuda externa, exportaciones, utilización de créditos, razón del desequilibrio de liquidez, razón de los Intereses / Exportaciones, etc.
El llamado “riesgo país” a los efectos prácticos no es, pues, más que un número estadístico elaborado por una serie de supuestos “expertos” supuestamente “imparciales” que toman en consideración diferentes factores ponderados según ciertos criterios y los miden según ciertos otros criterios y métodos. Pero este número, o su calificación equivalente, no es un simple juego de análisis matemático. Adquiere una enorme importancia a la hora de solicitar un préstamo porque esa estimación estadística determina en gran medida, por ejemplo, el interés que deberá pagar el deudor.
Calificadoras de riesgo hay unas cuantas. Entre las más conocidas podríamos mencionar a JP Morgan, a Moody´s, a Standard & Poors y a Fitch. Y, si hay algo que hemos tenido que aprender en las últimas décadas, es que hay pocas cosas de las que tenemos que cuidarnos más que de estas calificadoras. Porque son peligrosas y hasta temibles. Cuando se enojan con alguien las consecuencias son muy serias. No sólo las grandes corporaciones y los grandes bancos sino países enteros pueden llegar a perder literalmente miles de millones de dólares si alguna de estas calificadoras les aumenta el índice de riesgo y lo publica dándolo a conocer a todo el mundo. Precisamente por eso, por el poder que detentan, no está de más echarle un vistazo más de cerca de esas instituciones.
En esencia y básicamente, un índice de riesgo se relaciona con el crédito. Entre las varias acepciones que la Real Academia Española consigna para la palabra “crédito” figuran, por ejemplo: Reputación, fama, autoridad. Situación económica o condiciones morales que facultan a una persona o entidad para obtener de otra fondos o mercancías. Opinión que goza alguien de que cumplirá puntualmente los compromisos que contraiga. Concepto que merece cualquier Estado en orden a su legalidad en el cumplimiento de sus contratos y obligaciones.” En palabras más sencillas: “crédito” tiene que ver con “credibilidad” y la credibilidad tiene que ver con “confianza”. Es tan simple como eso y con ello estamos otra vez ante nuestro tema principal.
Confianza y economía
Pero fíjense ustedes en esto que es curioso: la cosa más material del mundo, el dinero, se fundamenta en algo tan inmaterial como la confianza. Pocas personas se han detenido a pensar en ello pero el dinero –y especialmente su préstamo– puede existir única y exclusivamente mientras los seres humanos crean en su valor y se tengan confianza.
Cuando lo usamos, implícitamente todos creemos en el dinero. Cuando cobramos el sueldo lo que recibimos a cambio de nuestro trabajo es una determinada cantidad de papelitos impresos. O una constancia de que en cierta cuenta bancaria se ha depositado un número determinado representativo de, y equivalente a, esos papelitos. De esa cuenta podemos luego extraer los papelitos impresos o bien, quizás por medio de una tarjetita de plástico, podemos pagar nuestros gastos hasta un número igual al depositado (menos “gastos administrativos”, impuestos y otras yerbas, por supuesto).
Realmente hace falta una dosis muy grande de fe y de confianza para aceptar un par de papelitos impresos a cambio de largas y a veces agotadoras horas de trabajo. ¿Qué garantía real tenemos de que, a cambio de esos papelitos o contra la presentación de la tarjetita de plástico, alguien nos dará los bienes y servicios que necesitamos? Pero en realidad hay más. Porque del otro lado del mostrador tiene que haber por lo menos una cantidad equivalente de fe y de confianza. La persona que, a cambio del papelito, nos da un kilo de pan, una camisa, o un viaje en taxi, tiene que tener nuestra misma fe y nuestra misma confianza. ¿Y saben ustedes qué pasa cuando esa fe y esa confianza desaparecen? Pues lo que han podido leer en los diarios durante las últimas décadas: se produce el colapso financiero y económico. A veces afecta a una sola empresa o a un grupo empresario. Otras veces afecta a todo un país. Incluso a toda una región. Hoy en día puede afectar hasta al mundo entero. Pero siempre la crisis financiera va precedida de una crisis de confianza.
Las calificadoras de riesgo, por lo tanto, tendrían que cumplir la difícil misión de actuar de sensibles instrumentos de auscultación para determinar en qué medida la comunidad global puede tener confianza en la capacidad de una empresa, o de un país, para pagar y eventualmente cancelar sus deudas. Resulta bastante obvio que esta función, además de colosalmente difícil, conlleva también una enorme responsabilidad con lo que cabría preguntarnos varias cosas. En primer lugar: ¿qué tan valido es el método empleado por estas instituciones para medir el riesgo de la desconfianza y con qué grado de honestidad profesional aplican dicho método? En segundo lugar: ¿quién y de qué modo las ha autorizado a hacer lo que hacen? Y en tercer lugar, pero no en último término: ¿Quién controla a estos controladores?
Porque alguien debería al menos supervisarlos. Cuando aumentan el índice de riesgo de un país ¿es porque el mundo le ha perdido la confianza a ese país o es porque las calificadoras de riesgo – sea por los motivos que fueren – quieren que el mundo le pierda la confianza a ese país?
La pregunta tiene su peso porque el sistema global que impera en el mundo hasta niega su propia existencia. Se apresura a calificar de teoría conspirativa o de apología del crimen a cualquier intento de demostrar lo obvio. Y lo obvio es que más del 90% de las rentas nacionales va a parar a las arcas de corporaciones y, sobre todo, de bancos internacionales. El enorme poder de facto que esto representa no sería posible en absoluto si el sistema global no dispusiese de una red de instituciones cuya función es la de evaluar, fiscalizar y, dado el caso, penalizar a los rebeldes. El Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional, las calificadoras de riesgo y las auditoras internacionales desempeñan precisamente estas funciones. Su trabajo consiste en hacerle comprender a cualquier organismo político o económico que recibirá una buena calificación solamente en tanto y en cuanto contribuya a alimentar las arcas arriba mencionadas y mantenga debidamente a raya a los incorregibles contestatarios.
En realidad, no nos engañemos: las calificadoras de riesgo actúan de gendarmes o de guardaespaldas del sistema plutocrático internacional. Toda vez que algún Estado con veleidades de soberanía intenta resistirse a aceptar los dictados de la finanza internacional, las calificadoras “cocinan” los números adecuadamente para hacerle creer al mundo entero que ese Estado no es “digno de confianza”.
Con todo, las crisis de las últimas décadas – desde el “Tequila” mejicano, pasando por la debacle norteamericana hasta el colapso griego – nos han dado la oportunidad de aprender unas cuantas lecciones. Resulta que las medidas y las estrategias impuestas por el FMI no sólo no han solucionado los graves problemas socioeconómicos existentes sino que hasta los han agravado. También pudimos comprobar que las auditoras cuyo trabajo es el de auditar la contabilidad de las grandes megacorporaciones y los grandes bancos, no descubrieron ni las gruesas irregularidades ni tampoco las multimillonarias estafas que dispararon las sucesivas crisis. Y no sólo no las descubrieron sino que, en varios casos, hasta colaboraron en el armado de las burbujas que luego les explotaron en la cara. Más aun: en el caso del colapso de varias financieras y unos cuantos bancos, las calificadoras de riesgo no solamente omitieron reflejar en sus calificaciones la vulnerabilidad de estas empresas sino que, hasta prácticamente minutos antes de la catástrofe, insistieron en seguir haciéndole creer al mundo entero que gozaban de buena salud.
No es para nada de extrañar que, después de esto, más de uno se ha puesto a hacer preguntas muy poco políticamente correctas. Por ejemplo: ¿quiénes son los que están gobernando y hacia dónde se dirige el sistema internacional? ¿En beneficio de quién “cocinan” sus datos las calificadoras de riesgo? Estas calificadoras ¿reflejan la confianza que el sistema tiene en un país o bien, a semejanza de los medios masivos de difusión que no reflejan sino que fabrican la opinión pública, estas calificadoras generan confianza cuando a alguien le conviene y la destruyen cuando eso es lo que a ese alguien le conviene?
Después de todo, ya hemos visto que no se puede medir la confianza de un modo absoluto y objetivo. ¿Acaso existe en alguna parte algo así como un “confiansómetro” calibrado en Unidades de Confianza Internacional?
No. Por supuesto que no existe. Ya hemos visto que lo único que se mide no es la confiabilidad sino el riesgo que representa su inexistencia. Una vez despejada la hojarasca de procedimientos estadísticos, muchas veces más que discutibles, lo único que queda es un número calculado según las conveniencias de quienes calcularon ese número.
En ese número pueden ustedes creer. O no creer. Al igual que en el valor de los papelitos que reciben cuando cobran el sueldo.
Pero si tienen confianza en los números que rigen el mercado global más les vale creer también en Dios. O en un Estado realmente bien constituido.
Porque, cuando llegan las crisis, son los únicos que los podrán ayudar.
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