Obama reduce programas sociales y aumenta gasto militar

Publicado: 10/05/2010 en Estados Unidos, Obama
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La decisión del presidente Obama de aumentar el gasto militar este año y en el futuro dará lugar al dispendio castrense administrativo más grande desde la Segunda Guerra Mundial. Esta decisión de acrecentar el presupuesto militar se está tomando a despecho de continuas pruebas de dilapidación extrema, fraude, abuso e incremento del bienestar corporativo de los propios uniformados. Al mismo tiempo, serán congelados los gastos en programas nacionales de “no-seguridad”, tales como educación, nutrición, energía y transporte, dando por resultado cortes inflacionistas en los servicios esenciales para el público de Estados Unidos durante los próximos años.

Estos programas nacionales constituyen sólo el 17% del gasto federal total, pero sufrirán todos los recortes presupuestarios. Jo Comerford, director ejecutivo de Proyectos de Prioridad Nacional, dijo: “La oferta [de Obama] encapsula el gasto de no-seguridad en 447 mil millones de dólares para cada uno de los tres ejercicios económicos anuales próximos. Durante ese tiempo, la inflación erosionará el poder adquisitivo del total de esa previsión presupuestaria y requerirá recortes [presupuestarios] en los servicios durante cada año sucesivo”. Las consecuencias de recortar el gasto doméstico darán lugar, a futuro, a un mayor aumento en la brecha entre ricos y pobres.

En contraste, el presupuesto militar asciende a un áspero 55% del gasto discrecional del año fiscal y aumentará aún más el próximo año. De acuerdo a las proyecciones de la Oficina de Administración y Presupuesto, el presupuesto militar aumentará en 522 mil millones adicionales durante la próxima década. Tom Engelhardt señaló en TomDispatch.com: “Ésta es una realidad [norte] americana: el Pentágono es nuestro verdadero estado del bienestar, los fabricantes de armas son nuestras reales “reinas del bienestar” y nunca detenemos su manera de trasvasijar el dinero”.
Hay un despilfarro enorme, ampliamente generalizado, con fraude y vastos abusos del Pentágono y de los contratistas militares, que dan por resultado mayor bienestar para los ricos. William Astore, un teniente coronel jubilado (aviación), concluyó: “Cuando llegan a nuestra nación los escándalos militares, la ignorancia –que es notable– no es la dicha; dado el estado de guerra permanente en que nos encontramos, ahora [la cuestión] es cuánto parecen de contentos los norteamericanos por no saber”. El público nunca oye hablar del gasto en guerra en los grandes medios corporativos y cuáles son realmente todos los costos. Varios ejemplos ilustran el grado de abuso al contribuyente:
• Sólo a un futuro sistema de armas se le estima ahora un costo para el contribuyente estadounidense que es casi la mitad de lo que se espera cueste el plan de atención sanitaria de la administración Obama durante una década. Originalmente se esperaba que un avión F-35 costara 50 millones de dólares, pero el costo estimado hoy es de 113 millones. La infantería de marina, la fuerza aérea y la marina de guerra planean comprar 2.450 unidades combinadas de F-35s, que costarían más de 323 mil millones de dólares (Engelhardt).
• Una reciente audiencia de la Comisión [federal] sobre Contratos en Tiempo de Guerra en Iraq y Afganistán lanzó un informe de 111 páginas sobre sus “investigaciones iniciales sobre la exagerada confianza de la nación en los contratistas”. De acuerdo con lo expresado en la audiencia: “Más de 240.000 empleados de contratistas –entre ellos, cerca de 80% de extranjeros– están trabajando en Iraq y Afganistán para apoyar operaciones y proyectos militares de Estados Unidos, del departamento de Estado y de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). La cantidad de empleados de las empresas contratistas excede el número de las tropas de Estados Unidos en la región. Mientras los contratistas proporcionan servicios vitales, la Comisión cree que su uso también ha exigido miles de millones de dólares perdidos en despilfarro, fraude y abusos debidos a planeamiento inadecuado, elaboración de contratos pobres, competencia limitada, fallas de descuido en las funciones del personal y otros problemas”. Jeremy Scahill (RebelReports) observó que mientras encargan a la comisión de tiempo de guerra revelar el alcance de la corrupción, ésta incluye a miembros que son favorables a la guerra o que han trabajado para importantes contratistas de guerra.
• Según la autora Kathy Kelly, quien escribió el libro Tough Minds, Tender Hearst (Mentes Duras, Corazones Blandos), “el gobierno de Estados Unidos dedica recursos voluminosos y mucha sofisticación para matar en Afganistán. Con muy poco que pase, realizar esas políticas está creando cólera… Un soldado de Estados Unidos con sus botas en tierra de Afganistán cuesta cerca de 1 millón de dólares al año. Imagínense qué cosas buenas podrían hacerse con ese dinero para ayudar a la gente afgana. Un gobernador en Afganistán gana cerca de 1.000 dólares por año” (Husseini, Zupan).
El presidente Obama está continuando el proceso de re-inflar el Pentágono que comenzó a finales de 1998, exactamente tres años antes de los ataques del 11/9. El aumento de gastos en defensa nacional es tan grande desde 1998 como en las dos eras juntas de Kennedy-Johnson (43%) y los aumentos de Reagan (57%). Desde 1998 –que es cuando terminó el despilfarro en defensa por la declinación post- Guerra Fría– han entregado al departamento de Defensa cerca de 7,2 billones de dólares. El gasto actual sobrepasa el máximo gastado en los años de la guerra de Vietnam y en la era Reagan: los planes del Pentágono son para quedarse en ese nivel. Para justificar el aumento radical del actual gasto militar, en comparación con la Guerra Fría y la Segunda Guerra Mundial, se han invocado las guerras en Iraq y Afganistán. Sin embargo, incluso si las guerras de hoy se sacaran del cuadro, todavía existe un aumento de 54% desde 1998.
Las innumerables audiencias públicas llevadas a cabo el año pasado para abordar la reforma de la atención sanitaria, fueron noticias constantes y motivo de discusión del público, las corporaciones involucradas, los medios y el Congreso, que continuaron durante meses. El programa de atención sanitaria costará en diez años la gente estadounidense tanto como cuestan en un solo año la defensa y la seguridad interior. Con todo, los presupuestos de defensa consiguen ser aprobados cada año sin un solo “mitin del ayuntamiento”, sin ninguna cobertura de los medios y, virtualmente, sin ninguna discusión en el Congreso.
El contribuyente, forzado a pagar cerca de un billón de dólares anuales para financiar el militarismo, la infraestructura de seguridad interior y las guerras, sigue siendo ignorante de los costos reales. Las razones de la falta de conocimiento público sobre el gasto militar son varias e incluyen: ausencia de cobertura del conjunto de los medios corporativo; grandes medios que emplean a oficiales jubilados del ejército como “analistas” y “expertos”, que así presentan solamente un lado del asunto; el respeto inculcado a los civiles por los jefes militares (“déjenlo a los expertos de uniforme”); secreto y “presupuestos negros” que obscurecen el gasto militar. Entre las cuestiones sobre los militares de Estados Unidos que aborda William J. Astore (TomDispatch.com), surge una pregunta clave: ¿Por qué los militares son inmunes al doloroso ajuste presupuestario a que hace frente el resto de Estados Unidos?
Astore concluyó: “Es verdad que el mundo es un lugar peligroso. El problema es que el Pentágono forma parte de ese peligro. Nuestro militarismo ha crecido así de fuerte y así domina a nuestro gobierno, incluyendo a su política exterior e incluso aspectos de nuestra cultura, pues no existe contrapeso eficaz a su encerrado estilo de pensamiento centrado en el conflicto”. Esta dominación está costándole a Estados Unidos enormes sumas de dinero público, es la principal contribución a la crisis económica y ahora, y en el futuro, continuará erosionando desesperadamente los necesarios programas de gasto social público.
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